REPORTAJE



LA MIKADO AÚN SILBA CAMINO DE ARANJUEZ


TEXTO Y FOTOGRAFIAS: ALVARO Y SANTIAGO GRAIÑO



Dos reporteros de STOL viajan en la locomotora del Tren de la Fresa



La locomotora Mikado 141F2413, enganchada al Tren de la Fresa en el andén de la estación de Atocha.



Son las siete menos diez de la mañana de un sábado de octubre. Desde la cafetería de la madrileña estación de Atocha, las primeras luces comienzan a perfilar el entramado de vías y catenarias que compone el paisaje básico de los centros ferroviarios. Las siete menos cinco. Los reporteros de STOL consultan sus relojes y, en ese momento, puntuales como el moderno ferrocarril, José Manuel García del Río y Rafael Almenara, destacados representantes del selecto grupo de los últimos maquinistas de vapor, llegan a la cita. El viaje ha comenzado.

Una locomotora Mikado de las pocas de vapor restauradas y en condiciones de prestar servicio en España, se encarga de la tracción de un popular tren turístico: El Tren de la Frensa. Organizado en la órbita de iniciativas culturales de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, desde hace 14 años este tren realiza su viaje durante los sábados y domingos del período que abarca desde el mes de abril hasta el mes de octubre (exceptuando el mes de agosto), reviviendo la memoria de una de las primeras líneas ferroviarias españolas. Instalados en sus cuatro coches Costa, los pasajeros, casi todos familias o grupos de escolares, se maravillan del austero y a veces reídor en las vegas paisaje de las primeras llanuras de Castilla-La Mancha, camino de la histórica ciudad de Aranjuez, donde, tras su llegada, realizan un intenso recorrido cultural, visitando museos, jardines y monumentos. En cabeza, la locomotora Mikado, reluciente y perfectamente cuidada, silba orgullosa de su fuerza, con su penacho de humo como un oscuro pantógrafo, casi inmaterial, que tocara la catenaria del cielo.

Pero volvamos a Atocha. Desde aquí, reporteros y maquinistas deben ir a su cita con la locomotora que les aguarda en el Taller Central de Reparaciones de Villaverde (Madrid), donde a las tres de la madrugada ha comenzado el encendido de la máquina. Hasta allí el viaje se realiza en un tren de cercanías, un corto trayecto que, sin embargo, sirve para que comienzen a intimar reporteros y maquinistas. La buena relación surge por sí sola, pero es imprescindible: los cuatro van a tener que compartir en el reducido espacio de la marquesina tanto el calor del hogar, como el frío viento que generan los a veces 90 kms/h de velocidad punta de la locomotora.


La vieja locomotora, a punto de cruzarse con un tren de viajeros.



Las siete y media. La Mikado 141F2413 aguarda en una vía especial del conjunto de instalaciones del Taller Central, mientras los operarios asignados a su mantenimiento ultiman las operaciones de puesta a punto del proceso de encendido, limpiado y aprovisionamiento. Es una máquina del año 1957 que, como su nombre "Mikado" indica, tiene una disposición de ruedas 1-4-1 (1 eje libre delante, cuatro ejes con ruedas acopladas -tractoras- y un eje libre detras). La locomotora utiliza como combustible fuel oil (de ahí la "F" en su número), tiene una potencia de 2.000 caballos de vapor (CV) y una velocidad máxima autorizada de 90 km por hora; las ruedas tractoras tienen un diámetro de 1.560 mm. y el esfuerzo de tracción (teórico) es de 14.790 kg. El peso total de la locomotora y el tender en servicio es de 166.500 kg., en tanto que la longitud -de tope a tope- es de 23,12 m. El tímbre de la caldera (presión de funcionamiento) es de15 kg por centímetro cuadrado, sus dos cilindros tienen un diámetro interior de 570 mm. y la carrera del émbolo es de 710 mm. En cuanto a la distribución, es de tipo Walscaherts. Las locomotoras de este tipo fueron las ultimas de vapor que prestaron servicio regular en Renfe. Máquinas versátiles, su utilizaron en remolcar tanto trenes de viajeros como de mercancías.

Con la llegada de los maquinistas, comienzan las tareas de engrasado, demasiado importantes como para dejarlas a cargo de personas distintas a la pareja que conducirá la máquina. Se realizan también las definitivas verificaciones técnicas, la presión en la caldera ya es suficiente y, en breve, los chorros de vapor anuncian la disposición de la locomotora. Conductores y acompañantes suben a la marquesina y un fuerte y alegre silbido es la señal para el comienzo de esta etapa del viaje: retrocediendo, la máquina se dirige a la estación de Atocha para enganchar al Tren de la Fresa, cuyos románticos coches de madera aguardan flanqueados por las más avanzadas realizaciones de la tecnología ferroviaria. Se realizan las pruebas de freno y, después de verificar que todo está comprobado y a punto, se queda a la espera de los viajeros.

A las 10:00 el tren arranca. Los reporteros se sienten todavía un poco intrusos y procuran realizar su trabajo ocupando el menor espacio posible. El ruido y la trepidación -aumentada por el añadido de los cuatro vagones aún les intimidan. Pero, pronto, el olor a fuel quemado, el aire fresco y veloz y los fuertes silbidos de la locomotora al salir de la estación les hacen perder inhibiciones. El mundo parece distinto desde una marquesina. Y una súbita imagen de la que se sienten parte les maravilla: en el momento de entrar en las vías de salida de la estación, la Mikado y su tren discurren paralelos, como escoltados, por un AVE a su lado izquierdo y un Intercity a su diestra. Luego se separan y la Mikado enfila en vía libre hacia Aranjuez. El símbolo se ha deshecho pero queda algo de buen augurio en el aire...


La revisión y puesta a punto de la maquinaria es precisa en cada viaje.



El trayecto de ida es cuesta abajo y la locomotora lo aprecia. Las estaciones se suceden a una apreciable velocidad y la Mikado las saluda estridente. Los jefes de estación saludan a su paso con un gesto nada rutinario, casi de complicidad y los viajeros que aguardan otros trenes en el andén observan con un algo de estupor, pero también de simpatía, el paso de esta visión cargada de sugerentes anacronismos.

Es cierto que el mundo del vapor levanta pasiones. Sin ir más lejos, los maquinistas que conducen la Mikado del Tren de la Fresa son buena prueba de ello: ambos trabajan en este convoy de forma voluntaria, a despecho de sus familias, incluso. Los dos son jóvenes y uno de ellos, Jose Manuel, trabaja durante la semana como maquinista del AVE. El otro, Rafael, realiza su actividad profesional en el nuevo Puesto de Mando de la estación de Chamartín, ambos rodeados de ordenadores y tecnología punta. Tal vez como una compensación, la máquina de vapor, su tradición, su estética, les llama y sus horas libres las dedican a formarse en esta tecnología... aunque son conscientes de que es una actividad testimonial, simbólica y tal vez efímera.

Pero mientras se decide el futuro, los maquinistas se entregan a conducir esta Mikado camino de Aranjuez, cuya estación y playa de vías comienzan ya a perfilarse al cabo de una hora de viaje. Una vez arribados, los pasajeros descienden, la máquina se desengancha y enfila hacia el triángulo con el que cuentan las instalaciones del conjunto de la estación. Realizadas las maniobras de inversión, la locomotora es conducida a una vía en la zona de hangares y es sometida a una penúltima revisión y ajuste. Allí reposará hasta la hora de salida y vuelta a la estación de Atocha.


El fogonero de tracción vapor no descansa un solo momento del trayecto.



A las 18:00 la máquina está de nuevo enganchada a su tren en el anden 1 de la estación de Aranjuez. La expectación que levanta este amable monstruo hace que niños y adultos soliciten subir a la marquesina -so pretexto de capricho de los primeros, los segundos pretenden darse el suyo aunque las normas son estrictas y el acceso no supera los peldaños. El público se agolpa y las preguntas surgen incesantes, unas tópicas, otras técnicas: "¿Funciona con carbón? ¿Que presión necesita?"... Algún ferroviario jubilado le muestra los mecanismos al nieto y el niño quiere escuchar el silbato antes de tiempo... Hay algo de gran juguete en estas máquinas.

De cualquier forma, a las 18:35, el silbido de la Mikado anuncia su salida. La vuelta es tan trepidante como la ida, con el aliciente de que al ser cuesta arriba, la locomotora parece que se esfuerza, añadiendo un alarde de resoplidos y estruendo de bielas. En una ocasión, el tren tiene que esperar para ceder paso a un cercanías -horarios mandan- y, al fín, vía libre y entrada en Atocha. Allí, los pasajeros abandonan el tren, pero para los maquinistas y sus acompañantes la jornada no ha terminado, ni mucho menos. Es a partir de este momento cuando van a comenzar una larga serie de maniobras para disponer el tren y la máquina para el día siguiente, en el que realizará de nuevo el mismo trayecto.

Ya es de noche. Tras un tiempo de espera para la autorización de maniobras, la Mikado se desengancha y se dirige a una vía apartada, donde va a aguardar transitoriamente a que el tren sea conducido a su correspondiente vía, lo que se realiza mediante la tracción de una ruidosa Alsthom eléctrica 276, tan veterana como la Mikado pese a su aspecto más actual y ya relegada únicamente a estos fines auxiliares en el patio de Atocha.. Por fín, la Mikado, con su marquesina iluminada con débiles bombillas y el ocasional resplandor del hogar, comienza su recorrido por la amplia playa de vías de Atocha en dirección a la placa giratoria, donde, con una ajustada maniobra de perfecta sincronía, los maquinistas colocan a la locomotora en la vía definitiva que lleva al enganche con el Tren de la Fresa. Por fín, ya todo esta listo para el viaje del día siguiente. Son las diez de la noche y los maquinistas y su Mikado ya pueden disponerse al descanso.


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