
¿QUIEN MAS QUIERE AVE?
La definición del trazado de la línea de alta velocidad entre Madrid y Valencia está empezando a convertirse en un espectáculo lamentable. Es legítimo que desde distintas instancias representativas se intente que una infraestructura de tanta importancia favorezca los propios intereses. Es más, sería ingenuo pensar que esto no fuera a ocurrir. Pero todo tiene un límite; sobre todo cuando el tira y afloja y la sacada de la manga de trazas alternativas empiezan a conspirar contra la propia lógica de la línea.
Sería deplorable que en los albores del siglo XXI se repitieran las cacicadas que afectaron a los trazados ferroviarios del XIX. Vivimos en un país donde con excesiva frecuencia el diseño de lo público atiende intereses locales, cuando no estrictamente privados, en claro detrimento de los generales.
La temporada de presiones políticas y chalaneo en los trazados de la alta velocidad quedó inaugurada cuando, en contra de toda lógica, Jordi Pujol consiguió que la línea Madrid-Barcelona se desviase para pasar por Tarragona. Gracias a ello, los viajeros entre Barcelona y Madrid se verán obsequiados con 10 o 15 minutos más de viaje, pero Cataluña gana una troncal en alta velocidad.
Se puede argumentar que ese tiempo es escaso, pero esto no es cierto; lo es en los parámetros del tren convencional, pero no en los del de alta velocidad, que tiene que competir con el avión y no sólo ahora, sino durante décadas. No olvidemos que la infraestructura ferroviaria es de las más longevas y más caras de modificar.
Mucho más lógico hubiese sido integrar a Tarragona en la troncal de alta velocidad de Cataluña (que ya la tenía garantizada en sus otras tres capitales sin menoscabo de nadie) cuando se haga el previsible desarrollo de la conexión de alta velocidad entre Barcelona y Valencia, de momento -por cierto- razonablemente bien tendida en velocidad alta mediante el Euromed. Eso hubiese sido lo mas racional, pero claro... no era un éxito político con el cual cosechar votos en Cataluña.
Pero si el daño causado en la línea Madrid-Barcelona entra dentro de lo aceptable, las perspectivas en la Madrid-Valencia empiezan a ser alarmantes. El baile de los barones locales ha llevado a una proliferación de trazados y a la exacerbación de pretensiones absurdas. Hay que reconocer que, por un mero reparto de intereses, Alberto Ruiz Gallardón lo tiene fácil para defender posturas racionales y cercanas al interés común, a Eduardo Zaplana le es algo más dificil, pero para José Bono es una tarea imposible, a menos que renuncie a dejar contentos a muchos... El resultado es que se empieza a olvidar que lo que está en proyecto es la línea Madrid-Valencia y no la estructuración ferroviaria de Castilla La Mancha. El peligro es que, entre tira y afloja, se termine por no conseguir ninguna de las dos cosas.
La línea de alta velocidad Madrid-Valencia debiera ser concebida como eso. Como una línea de alta velocidad (es decir, de al menos 300 km/h) y destinada a conectar de la mejor forma posible esas dos ciudades. Si de paso alguien más se beneficia, magnífico. Pero no es el instrumento para remediar otros problemas, ni mucho menos atender irracionales planteamientos de "café con leche para todos" en detrimento de la lógica central de la infraestructura, que es llevar viajeros de Madrid a Valencia en el menor tiempo posible.
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