MIEDO A LA LIBERTAD



La búsqueda de muertos finalizaba el jueves día 8 de octubre, con cerca de 30 cadáveres recuperados, a los que deben unirse cuerpos literalmente volatilizados y de los que tardará mucho en saberse. Todo esto ha ocurrido no en un país mal descolonizado y carente de infraestructuras, sino en el muy civilizado Reino Unido. Ese trágico jueves chocaban en Londres dos trenes cargados de pasajeros con el resultado descrito.

¿Cómo puede haber ocurrido? Pues bien, un dato: uno de los trenes pertenecía a la muy privada compañía Great Western Trains; el otro, a la también privadísima Thames Trains. Otro dato: la compañía Railtrack -cotizante en Bolsa- tiene a su cargo las infraestructuras, el mantenimiento de las vías y los sistemas de señalización. En medio, señalizaciones defectuosas, ahorro en infraestructuras y lucro, mucho afán de lucro.

Todo comenzaba con la irrefrenable política de privatizaciones impulsada desde el gobierno conservador de Margaret Thatcher. Uno tras otro fueron cayendo los baluartes del hasta entonces muy sólido sector público británico. La guinda la ponía la privatización de British Rail, momento a partir del cual los analistas, especialmente los sensibles a los problemas del usuario, han empezado a detectar un apreciable descenso de la calidad en los servicios, y así hasta la fecha del jueves dia 8 de octubre.

Los argumentos de los neoliberales impulsadores de la privatización salvaje suelen girar peligrosamente alrededor de ese hermoso y tan manipulado término: libertad. Cayendo en la tentación del juego de palabras, parece claro que la confusión entre libertad y libertinaje sigue a la orden del día. En el caso del ferrocarril, el modelo inglés ha sido presentado hasta hace muy poco como un ejemplo a seguir por el resto de los países. Ahora, sucesos como este al que hacemos referencia nos imponen serias reflexiones sobre a donde puede conducir un sistema de servicios basado exclusivamente en el interés privado, al fín en la ética del beneficio.

Todo esto debería hacernos reflexionar especialmente a los españoles, ya que en el caso de nuestro país se ha iniciado con firme paso el camino de la privatización de las redes ferroviarias. Se aducen a su favor las ventajas que puede ofrecer para el servicio la libre competencia, pero el ejemplo inglés es suficientemente ilustrativo de a donde puede conducir la llamada "libertad económica" -y la prevalencia del beneficio como valor supremo- cuando no existe un férreo control público que limite las consecuencias de la tristemente habitual carencia de ética en el mundo de los grandes negocios.


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