
LA SEPLIZACION DEL SEMAF
Aunque ha terminado razonablemente bien, la huelga de maquinistas de Renfe ha establecido un hito negativo en la historia sindical de Renfe. Hace algo más de un mes publicábamos en STOL un editorial sobre la procupante situación sindical existente en la empresa ferroviaria, pero los hechos han superado los peores pronósticos que entonces pudimos hacer.
La huelga de maquinistas del SEMAF no sólo ha acrecentado hasta extremos inauditos un error tradicional del sindicalismo ferroviario (hacer los paros contra el viajero), sino que inauguró en el ámbito ferroviario la aplicación de las tácticas que han caracterizado al Sindicato de PIlotos de LIneas Aéreas (SEPLA), tristemente célebre para todos los que no militan en él.
Difícil es encontrar en la historia de las relaciones laborales españolas una institución más insolidaria y negativa que el SEPLA, un sindicato que lleva años demostrando a la opinión pública como un colectivo privilegiado y con sueldos escandalosamante millonarios puede poner de rodillas a las empresas y la Administración usando como rehenes a los viajeros.
Ni de lejos los maquinistas de Renfe tienen los sueldos y la actitud corporativa de los pilotos, ni el SEMAF se había acercado nunca a los extremos insolidarios de su homólogo aeronáutico. Pero esta vez ha roto muchas barreras, cayendo de lleno en la seplización. Las consecuencias afectarán no sólo a Renfe, sino a todo el colectivo ferroviario español y sientan un peligroso precedente de insolidaridad y abuso de una posición de fuerza por parte de un colectivo minoritario. Porque si bien es muy fácil simpatizar con muchas de las peticiones que los maquinistas hacen a Renfe, es practicamente imposible, para quien no sea maquinista (o piloto de línea aérea...), solidarizarse con la principal exigencia que motivó el conflicto: la solicitud de un convenio sólo para maquinistas, separado de los demás trabajadores de Renfe.
Fue esa petición la que volvió profundamente insolidario el movimiento. Fue ella la que abrió el peligroso camino de la seplización y convirtió la huelga no sólo en un paro contra la empresa y los usuarios del tren, sino también contra los demás trabajadores de Renfe.
Por eso es motivo de algría que el SEMAF haya finalmente renunciado a esa exigencia y la dirección de Renfe se mostrara intransigente ante ella. La pretensión de constituir formalmente una élite privilegiada puede extenderse como mancha de aceite, generando en una carrera de absurdas insolidaridades que convierta la acción sindical en una guerra de grupúsuculos. Desengañémonos: ¿sí pueden presionar así los maquinistas de Renfe, porqué no los de los demás ferrocarriles, o el personal de puestos de mando, o quienes controlan la informática, o cualquier grupo reducido (y hay muchos) que tenga el poder de paralizar la red...?
Todos los sindicatos de cuadros obedecen a un espíritu elitista y basan su existencia en el fraccionamiento de los intereses del conjunto de los trabajadores para beneficiar a unos pocos elegidos, casi siempre en detrimento de los demás. Se pueden aducir muchos argumentos -reales- sobre la especificidad laboral de ciertos grupos, y, en consecuencia, sobre su necesidad de tener una representación separada, pero la realidad demuestra que este tipo de sindicatos sólo fructifica cuando agrupa colectivos con una especial capacidad de presión y está dispuesto a utilizarla para beneficio exclusivo del grupo.
El problema es que los platos rotos los pagan el resto de los trabajadores, aquellos que no pueden parar fácilmente los trenes, o los aviones. Para las empresas lo más fácil es ceder y defender la cuenta de resultados redistribuyendo la masa salarial. Así, al final los convenios separados y las mejoras laborales de unos pocos terminan siendo financiados con cargo a los ingresos del resto de la plantilla.
Al final, sin minimizar los graves daños causados, tanto a Renfe como a la imágen pública del los maquinistas, la resolución del conflicto es razonable. Los trabajadores consiguen reivindicaciones justas y llenas de sentido, como el paso de los ayudantes a maquinistas, y se salva la idea de un colectivo laboral único, fundamental para conservar las conquistas sociales en un entorno socioeconómico no ya español, sino mundial, cada vez más insolidario y agresivo para los intereses de los trabajadores.
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